QUIENES apoyan la inexistencia de Dios parten, por lo que deduzco, de una incertidumbre que les hace sospechosos de no creer en lo que pretenden acreditar. Probablemente Dios no existe, dicen, con lo cual nada nuevo aportan. Si tuviesen la seguridad, sobrarían autobuses y campañas. E igual puede decirse de los que, con las mismas armas, entran al trapo para defender lo contrario. En una palabra, Dios existe para unos y no para otros. Es cuestión de tener o no tener fe. Lo que sí es seguro es que no conseguirán aclarar el conflicto celestial, pero ya verán como lo exprimen al máximo porque por detrás del ateísmo (sin que Dios vaya a mediar) deben existir oscuros intereses terrenales de los que alguien obtendrá tajada. Con lo fácil que es dejar a cada cual con sus creencias, en tanto no las utilice para molestar el prójimo, como a veces sucede. Dirán que con no hacerles caso, todo arreglado. Tienen razón, pero es que son unos coñazos. ¡Y con las urgencias que hay pendientes, oiga!
(El Progreso, 17-01-09)
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