Un placer, amigos

Es un honor para mi el que visites mi página y espero que descubras algo que pueda interesarte. Además de reproducir los breves artículos de opinión que en días alternos publico en el diario El Progreso de Lugo, sobre variados temas del día a día, también procuro insertar pinceladas de actualidad, de contenido histórico (no al uso) o costumbrista para hacer más amenos los textos, viajes..., aparte de incluir algunos enlaces que pueden ser útiles en determinados momentos. También os invito a seguirme. Un saludo cordial desde la romana y amurallada ciudad de Lugo, la Lucus Augusti, en España.

viernes, 27 de mayo de 2011

Hora de despertar, interesante artículo de Antonio Muñoz Molina


Suscribo totalmente el contenido de este artículo de Antonio Muñóz Molina, que titula 'Hora de despertar". Va siendo, sí.




He pensado desde hace muchos años, y lo he escrito  de vez en cuando, que España vivía en un estado de irrealidad parcial,  incluso de delirio, sobre todo en la esfera pública, pero no solo en ella.  Un delirio inducido por la clase política, alimentado por los medios,  consentido por la ciudadanía, que aceptaba sin mucha dificultad la  irrelevancia a cambio del halago, casi siempre de tipo identitario o  festivo, o una mezcla de los dos. La broma empezó en los ochenta, cuando  de la noche a la mañana nos hicimos modernos y amnésicos y el gobierno nos  decía que España estaba de moda en el mundo, y Tierno Galván -¡Tierno  Galván!- empezó la demagogia del político campechano y majete proclamando  en las fiestas de San Isidro de Madrid aquello de “¡ El que no esté  colocao que se coloque, y al loro!” Tierno Galván, que miró sonriente para  otro lado, siendo alcalde, cuando un concejal le trajo pruebas de los  primeros indicios de la infección que no ha dejado de agravarse con los  años, la corrupción municipal que volvía cómplices a empresarios y a  políticos.
Por un azar de la vida me encontré en la  Expo de Sevilla en 1992 la noche de su clausura: en una terraza de no sé  qué pabellón, entre una multitud de políticos y prebostes de diversa  índole que comían gratis jamón de pata negra mientras estallaban en el  horizonte los fuegos artificiales de la clausura. Era un símbolo tan  demasiado evidente que ni siquiera servía para hacer literatura. Era la  época de los grandes acontecimientos y no de los pequeños logros diarios,  del despliegue obsceno de lujo y no de administración austera y rigurosa,  de entusiasmo obligatorio. Llevar la contraria te convertía en algo peor  que un reaccionario: en un malasombra. En esos años yo escribía una  columna semanal en El País de Andalucía, cuando lo dirigía mi querida  Soledad Gallego, a quien tuve la alegría grande de encontrar en Buenos  Aires la semana pasada. Escribía denunciando el folklorismo obligatorio,  el narcisismo de la identidad, el abandono de la enseñanza pública, el  disparate de un televisión pagada con el dinero de todos en la que  aparecían con frecuencia adivinos y brujas, la manía de los grandes  gestos, las inauguraciones, las conmemoraciones, el despilfarro en lo  superfluo y la mezquindad en lo necesario. Recuerdo un artículo en el que  ironizaba sobre un curso de espíritu rociero para maestros que organizó  ese año la Junta de Andalucía: hubo quien escribió al periódico llamándome  traidor a mi tierra; hubo una carta colectiva de no sé cuantos ofendidos  por mi artículo, entre ellos, por cierto, un obispo. Recuerdo un concejal  que me acusaba de “criminalizar a los jóvenes” por sugerir que tal vez el  fomento del alcoholismo colectivo no debiera estar entre las prioridades  de una institución pública, después de una fiesta de la Cruz en Granada  que duró más de una semana y que dejó media ciudad anegada en  basuras.
El orgullo vacuo del ser ha dejado en segundo  plano la dificultad y la satisfacción del hacer. Es algo que viene de  antiguo, concretamente de la época de la Contrarreforma , cuando lo  importante en la España inquisitorial consistía en mostrar que se era  algo, a machamartillo, sin mezcla, sin sombra de duda; mostrar, sobre  todo, que no se era: que no se era judío, o morisco, o hereje.  Que esa obcecación en la pureza de sangre convertida en identidad  colectiva haya sido la base de una gran parte de los discursos políticos  ha sido para mí una de las grandes sorpresas de la democracia en España.  Ser andaluz, ser vasco, ser canario, ser de donde sea, ser lo que sea, de  nacimiento, para siempre, sin fisuras: ser de izquierdas, ser de derechas,  ser católico, ser del Madrid, ser gay, ser de la cofradía de la Macarena ,  ser machote, ser joven. La omipresencia del ser cortocircuita de antemano  cualquier debate: me critican no porque soy corrupto, sino porque soy  valenciano; si dices algo en contra de mí no es porque tengas argumentos,  sino porque eres de izquierdas, o porque eres de derechas, o porque eres de fuera; quien denuncia el maltrato de un animal en una fiesta bárbara está ofendiendo a los extremeños, o a los de Zamora, o de donde sea; si te  parece mal que el gobierno de Galicia gaste no sé cuántos miles de millones de euros en un edificio faraónico es que eres un rojo; si te  escandalizas de que España gaste más de 20 millones de euros en la célebre cúpula de Barceló en Ginebra es que eres de derechas, o que estás en contra del arte moderno; si te alarman los informes reiterados sobre el fracaso escolar en España es que tienes nostalgia de la educación  franquista.
He visto a alcaldes y a autoridades  autonómicas españolas de todos los colores tirar cantidades inmensas de  dinero público viniendo a Nueva York en presuntos viajes promocionales que  solo tienen eco en los informativos de sus comarcas, municipios o  comunidades respectivas, ya que en el séquito suelen o solían venir  periodistas, jefes de prensa, hasta sindicalistas. Los he visto alquilar  uno de los salones más caros del Waldorf Astoria para “presentar” un  premio de poesía. Presentar no se sabe a quién, porque entre el público solo estaban ellos, sus familiares más próximos y unos cuantos españoles de los que viven aquí.  Cuando era director del Cervantes, el jefe de  protocolo de un jerarca autonómico me llamó para exigirme que saliera a  recibir a su señoría a la puerta del edificio cuando él llegara en el coche oficial. Preferí esperarlo en el patio, que se estaba más fresco.  Entró rodeado por un séquito que atascaba los pasillos del centro y cuando yo empezaba a explicarle algo tuvo a bien ponerse a hablar por el móvil y  dejarnos a todos, al séquito y a mí, esperando durante varios minutos.  “Era Plácido”, dijo, “que viene a sumarse a nuestro proyecto”. El proyecto en cuestión calculo que tardará un siglo en terminar de pagarse.
Lo que  yo me preguntaba, y lo que preguntaba cada vez que veía a un economista,  era cómo un país de mediana importancia podía permitirse tantos lujos. Y me preguntaba y me pregunto por qué la ciudadanía ha aceptado con tanta indiferencia tantos abusos, durante tanto tiempo. Por eso creo que el despertar forzoso al que parece que al fin estamos llegando ha de tener  una parte de rebeldía práctica y otra de autocrítica. Rebeldía práctica  para ponernos de acuerdo en hacer juntos un cierto número de cosas y no  solo para enfatizar lo que ya somos, o lo que nos han dicho o imaginamos  que somos: que haya listas abiertas y limitación de mandatos, que la administración sea austera, profesional y transparente, que se prescinda  de lo superfluo para salvar lo imprescindible en los tiempos que vienen, que se debata con claridad el modelo educativo y el modelo productivo que nuestro país necesita para ser viable y para ser justo, que las mejoras graduales y en profundidad surgidas del consenso democrático estén siempre por encima de los gestos enfáticos, de los centenarios y los monumentos firmados por vedettes internacionales de la arquitectura.
Y  autocrítica, insisto, para no ceder más al halago, para  reflexionar sobre lo que cada uno puede hacer en su propio ámbito y quizás no hace con el empeño con que debiera: el profesor enseñar, el estudiante estudiar haciéndose responsable del privilegio que es la educación pública, el tan solo un poco enfermo no presentarse en urgencias, el periodista comprobando un dato o un nombre por segunda vez antes de escribirlos, el padre o la madre responsabilizándose de los buenos modales de su hijo, cada uno a lo suyo, en lo suyo, por fin ciudadanos y adultos,  no adolescentes perpetuos, entre el letargo y la queja, miembros de una comunidad política sólida y abierta y no de una tribu ancestral:  ciudadanos justos y benéficos, como decía tan cándidamente, tan conmovedoramente, la Constitución de 1812, trabajadores de todas clases,  como decía la de 1931.
Lo más raro es que el espejismo haya durado tanto.

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