Cuando hacemos cosas sin pensar, a veces salen bien, pero lo más probable es que no, como cuando a Miguel Sebastián se le encendió la lucecita que le iluminó para repartir bombillas de bajo consumo a porrillo, una para cada hogar español, lo necesite o no. Si se lo hubiese pensado dos veces, como era su obligación de ministro, nos hubiésemos ahorrado 60 millones de euros, que es lo que cuesta la alegre decisión. Y por si fuese poco, Correos percibirá veintidós por distribuirlas. Habrá a quien le parezca una chorrada positiva (diez mil millones de pesetas, ojo), pero debe haber otras fórmulas para estimular el ahorro energético menos costosas. ¿Qué resuelve una bombilla? Nada. Si es para que el ciudadano las conozca, ya las conoce, y las acabará comprando si se le convence debidamente de las ventajas que supone utilizarlas. Es una prueba más de lo poco o nada que cuesta malgastar el dinero público. Será porque no es de nadie, como afirmó una inefable ministra.
(El Progreso, 31-12-08)
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