Falta saber dónde se centrará la intención del nuevo Gobierno para reformar las televisiones públicas. Si sólo es una capa de barniz, seguiremos más o menos igual, pero perpetuarse en la situación a la que se ha llegado es insostenible, mírese como se mire. Tres ejemplos. Dos presentadoras de la primera cadena de Tve, de un magacín mañanero y otro rosa al mediodía, perciben anualmente por su trabajo 498.561 y 339.404 euros; es decir, 1.970 y 1.300 euros por cada emisión. Otro animador de la 2, un concurso que se emite a primera hora de la tarde (magnífico, por cierto) cobra 327.156 euros al año, 934 por sesión. Serán profesionales excelentes, que en cadenas privadas se embolsarían eso o más, pero se trata de una televisión que se financia, en su totalidad (no hay anuncios) de los presupuestos del Estado, es decir del dinero que aportamos todos nosotros, incluidas las cotizaciones de los parados y de otros muchos que llegan asfixiados a fin de mes. ¿No les parece una procacidad, una ofensa, tanta esplendidez salarial?
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