Salvo para cuatro puristas, que valoran por encima de todo los esquemas del juego, el fútbol carecería de interés si fuese un espectáculo circunscrito sólo a lo que acontece en el terreno de juego y no a todo lo que le rodea. La liga sería un bostezo de no ser por sus ingredientes colaterales, desde el forofo que se transmuta en la grada, el árbitro que incita al jaleo y el entrenador que alienta el escándalo, más que por la genialidad de éste o aquél jugador. ¿Qué sería el campeonato, resuelto desde hace varias jornadas, sin las excentricidades, por ejemplo, del estrafalario Mourinho? Un ostracismo. Por eso, con independencia de sus cualidades como estratega del sistema, que casi nadie discute, el portugués es un mal (o un bien, dependiendo de quienes lo valoren) necesario para sostener el tinglado. Es un provocador con un esquema muy bien diseñado que disfruta haciéndolo y que además divierte o cabrea a quienes entran al trapo de sus extravagancias. Un primer actor que se maneja los tiempos como quiere, y eso cotiza.