El desafío catalanista de multiplicar por tres el número de embajadas, al igual
que otras muchas jactancias de la casta, tiene críticas pero ninguna oposición
que lo remedie. El reto, a corto plazo, alcanzará medio ciento de despachos de
la Generalitat en el extranjero. A los no catalanes pudiera darnos lo mismo que fuesen cincuenta o trescientas,
de no ser porque las paga Juan español. Es decir, todos y cada uno de los
contribuyentes del Estado, y eso ya supone una perturbación y un cabreo, que
aunque no valga de nada, por lo menos que quede constancia de la arbitrariedad.
Seguirán quejándose de que España les roba siendo España la dueña del botín.
Pero es también la que lo tolera, mirando para otro lado. Una cosa es una
oficina en París y otra el significado que se atribuyen para magnificar la
soberanía de un territorio que carece de la pretendida representación exterior.
¿No es la política externa encomienda exclusiva del Gobierno del Estado? Eso teníamos entendido, pero no lo parece a
tenor de la indiferencia del propio Ejecutivo. Tal para cual.
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Hace 44 minutos
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