PREGUNTA que nos hacemos muchos. ¿Cómo serían las huelgas sin los piquetes violentos, eufemísticamente informativos? Fácil, la mayoría de las veces pasarían desapercibidas. Y es una pena que ocurra con un derecho constitucional que se fue degradando, sobre todo por los propios sindicatos, empeñados en obligar y forzar; así se han ganado el rechazo y el desprecio de no pocos ciudadanos. Los piquetes no existirían sin su apoyo, aunque algunos hay que van por su cuenta, como el caso de los antisistema, lo cual contribuye a agravar su desprestigio. ¿Qué se puede hacer para acabar con los violentos, apadrinados o no?: aplicar la ley a rajatabla, como a cualquier delincuente, y que paguen, penal y civilmente, por sus excesos y gamberradas, reparando daños y abusos. Porque suele ser una delincuencia consentida y gratuita; si las ven con la Justicia, cosa que rara vez ocurre, utilizan su condición de sindicalistas para irse de rositas, como si eso fuese la libertad que predican. Lo que faltaba.
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