PUEBLOS sin luz ni teléfono, trenes paralizados, autovías sin paneles…, es la más breve descripción que puede hacerse para reflejar las consecuencias de la fiebre del cobre o, para ser más exactos, de los robos de este metal. Guardia Civil y Policía detuvieron este año en España a cerca de 1.500 delincuentes, enrolados sobre todo en bandas del Este, casi siempre por sustracción de cable del tendido eléctrico y telefónico, y que se sepa sólo existe una condena con cárcel para cuatro rumanos en Valencia. Al tratarse regularmente de hurtos, los implicados saldan sus fechorías con leves multas, que les permiten seguir en el tajo al día siguiente. Es decir, que da igual arrestarlos que no, y así seguirán mientras haya quien adquiera el material afanado. Chatarreros (receptadores) que hacen fortuna comprando a bajos precios. Y fundidoras que luego exportan a China, Brasil, Indonesia… Ellos son los verdaderos culpables y sin embargo casi nunca pagan las consecuencias. Por ahí es por donde hay que empezar.
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