Un placer, amigos

Es un honor para mi el que visites mi página y espero que descubras algo que pueda interesarte. Además de reproducir los breves artículos de opinión que en días alternos publico en el diario El Progreso de Lugo, sobre variados temas del día a día, también procuro insertar pinceladas de actualidad, de contenido histórico (no al uso) o costumbrista para hacer más amenos los textos, viajes..., aparte de incluir algunos enlaces que pueden ser útiles en determinados momentos. También os invito a seguirme. Un saludo cordial desde la romana y amurallada ciudad de Lugo, la Lucus Augusti, en España.

sábado, 16 de marzo de 2013

Fracasos del sistema: las gallinas son mamíferos y los caracoles, crustáceos



Para reír o llorar, depende cómo se tome. Que no falte quien se desternille no quiere decir que no sea un episodio penoso, y aún considerándolo un hecho que pudiera parecer aislado ha de enmarcarse en un contexto que refleja una coyuntura poco menos que insalvable a corto plazo. El sistema educativo, zarandeado por unos y otros, según les convenga, da sus frutos. Debe ser que algunas reformas docentes, más encaminadas a adoctrinar que a instruir, acaban por abducir a los educandos en vez de insuflar contenidos útiles y necesarios para orientar su formación; de lo contrario algunos de los opositores al cuerpo de maestros de la Comunidad de Madrid no hubiesen afirmado en el examen de acceso que las gallinas son mamíferos y los caracoles, en vez de moluscos, crustáceos. O que no supiesen por donde fluyen el Ebro, Duero o Guadalquivir, ni que pudiesen fijar la ubicación y límites de las autonomías, en este caso en un porcentaje superior al sesenta por ciento de los aspirantes. Así es el bagaje de algunos de los llamados a impartir docencia. Para llorar, sin duda.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Dos mil años de intrigas en San Pedro

Esteban VI fue el papa más espantoso. Desenterró el cadáver de su predecesor, lo juzgó y lo arrojó al río Tíber

 

 

Santos y villanos. Poder terrenal y espiritual. La historia del papado es también la de luchas sin cuartel o dogmas como la infalibilidad. Curioso reportaje publicado en el diario El País, firmado por Juan G. Bedoya, que reproduzco por su interés.

Entre los muchos papas infames de la historia no es el peor Esteban VI, pero sí el más espantoso. Poco después de su ascensión al pontificado, en la primavera de 896, ordenó desenterrar el cadáver de su predecesor, el papa Formoso, que llevaba nueve meses bajo tierra; se ocupó de que lo ataviasen con las más vistosas vestiduras imperiales; habilitó un pequeño trono para resaltar la vistosidad del momento e inmediatamente reunió en torno un concilio de prelados para someter a juicio al cadavérico Formoso. El acontecimiento se cuenta en diferentes historias de la Iglesia romana como el “Concilio cadavérico” o el “Sínodo del cadáver”.
¿Qué ofensa había infligido Formoso a su fiero sucesor? Nada menos que aceptar ser papa cuando fue elegido para ello, pese a inconvenientes formales. Esteban VI se creía perjudicado, además, porque Formoso lo había nombrado obispo de una diócesis alejada de Roma, lo que le excluía de la siguiente elección según las normas de entonces. Cuando, pese a todo, fue elegido papa, Esteban VI buscó la manera de acallar las críticas y su posible inhabilitación. Para ello debía anular los nombramientos de su predecesor. El juicio a Formoso (al cadáver de Formoso) podía presentarse, por tanto, como una cuestión de procedimiento. Pero el odio histérico del sucesor despejó dudas cuando los presentes fueron informados sobre la ceremonia a la que iban a asistir. Un diácono de confianza del papa Esteban debía situarse junto al cadáver en descomposición como su representante legal, para responder a las acusaciones. Y cuando Formoso fue declarado culpable, se amputaron a su cadáver los tres dedos de la mano derecha utilizados para firmar y regalar bendiciones. El resto del cuerpo, desnudado con esmero sobre el trono ante los asistentes –solo se le dejó el cilicio que tenía pegado al cuerpo–, fue arrojado al río Tíber.
Esteban VI acabó de muy mala manera, después de que un incendio (ocasionado por un rayo “de orden del Divino”) destruyó aquel mismo año la basílica de Letrán. Fue una señal que enardeció a los sacerdotes ordenados por Formoso para rebelarse. El papa acabó encarcelado y estrangulado. Uno de sus sucesores, Teodoro II, de brevísimo pontificado –veinte días–, alcanzó a rehabilitar a Formoso, recuperando su cuerpo del Tíber y oficiando nuevo y solemne entierro. Formoso tiene tumba en la basílica de San Pedro.
Este episodio ha sido considerado uno de los puntos más bajos del papado. Ha habido otros peores, aunque menos extravagantes. Eso sí, el “Concilio cadavérico” causó estupor en Roma. Lo demuestra el hecho de que apenas existen datos sobre los papas de aquel tiempo, salvo una mera relación. Sí se sabe que antes de llegar Formoso al pontificado se habían producido altercados y crímenes en varias elecciones. Es el caso de Marino I, que sucedió a Juan VIII en 882 con la misma tacha que manchó a Formoso, es decir, que no debía aceptar el cargo porque ya era obispo de otra ciudad. Esa prohibición de “traslado de sedes” causó muertos sin cuento, entre otros la de un nomenclator (funcionario) papal llamado Gregorio en la basílica de San Pedro, donde (sic) “quedó una mancha de la sangre en el suelo porque lo sacaron de allí a rastras”.
Del sucesor de Marino I tampoco hay buenas noticias. Se llamaba Adriano III, estuvo un año escaso en el cargo y apenas tuvo tiempo para reinar porque no paró de defenderse de facciones y de ajustar cuentas cuando podía. Así, mandó cegar a un funcionario público hostil y azotó desnuda por las calles de Roma a la viuda del ya citado Gregorio, sin que los historiadores alcancen los motivos (o porque sí).
La ‘papolatría’ al uso dice que el pontífice romano es Vicario de Cristo, Sucesor de Pedro, Siervo de los siervos de Dios, Santo Padre y Sumo Pontífice, todo en mayúscula. También es, a efectos de política internacional, Jefe de Estado de una llamada Santa Sede. Además recibe tratamiento de Su Santidad. El inquisidor Roberto Belarmino (1542-1621), el primer cardenal jesuita y verdugo de Giordano Bruno y de Galileo, en su famoso catecismo, en vigor hasta principios del siglo pasado, contestaba a la pregunta “¿quién es cristiano?” de este modo tan curial y actual: “Es cristiano el que obedece al papa”. Un Dios, un Cristo, un obispo, y este, además, investido por el dogma de la infalibilidad y apoyado por incontables medios materiales.
Jesús, el fundador cristiano, entró en Jerusalén a lomos de un borrico. Los papas viajan coronados con la tiara pontificia y se visten como los emperadores romanos, para impresionar. “No fue con un cheque del banco del César con lo que Jesús envió a sus apóstoles a anunciar el reino de Dios”, clamó en el siglo XIX el teólogo francés Robert de Lamennais, tan citado. Así fue como nació y se consolidó, con poder y riquezas, el llamado “Imperio católico”.
Pese a intrigas internas sin cuento, muchas veces resueltas criminalmente, no ha habido un solo aspecto de la vida en que la Iglesia no se creyese con derecho a dar su dictamen e imponerlo. Monarcas autocráticos, los papas practicaron durante siglos la doctrina de Gregorio VII en el texto Dictatus Papae, de 1075: solo el romano pontífice puede usar insignias imperiales, “únicamente del papa besan los pies todos los príncipes”, solo a él le compete deponer emperadores, sus sentencias no deben ser reformadas por nadie mientras él puede reformar las de todos. El último de esos emperadores (o así se creía) fue Pío XII, soberano entre 1939 y 1958. Obsesionado con el protocolo, los funcionarios debían arrodillarse cuando el papa empezaba a hablar, dirigirse hacia él arrodillados y salir de la habitación caminando hacia atrás. Pese a tanto boato, el papado llevaba medio siglo sin poder temporal, al menos teórico. Stalin, el dictador soviético, lo dejó claro cuando Churchill, en la Conferencia de Yalta en 1945, le informó de la posible participación del papa en las conversaciones de paz, que el premier británico apoyaba. “¿Cuántas divisiones tiene ese papa?”, zanjó Stalin.
Ni tanto, ni tan poco. Ciertamente, la Iglesia romana es hoy una “viña devastada por jabalíes” (escándalos económicos, abusos sexuales a menores, intrigas internas, espionaje entre prelados; “un papa rodeado de lobos”, en fin), como ha reconocido el ya emérito Benedicto XVI. Tampoco tiene ya poder terrenal, aunque sí enormes bienes e incontables ayudas económicas por parte de muchos Estados que, sin embargo, se dicen aconfesionales. Fue desde una perspectiva de poder absoluto, que aún persiste, como la confesión católica construyó su imperio desde la conocida como “donación de Constantino”, el emperador que convirtió el cristianismo en la religión oficial del Imperio Romano. No tardaron mucho los hasta entonces perseguidos en convertirse en tenaces perseguidores. Calculó Voltaire en 1765 que el cristianismo había causado hasta entonces doce millones de muertos en guerras de religión, cruzadas contra infieles, caza de herejes y de brujas y los autos de fe de la terrible Inquisición.
Suele ponderarse el número de papas proclamados santos. Son muy pocos (apenas el 31% de los fichados como tales papas: 265 pontífices, más o menos). La inmensa mayoría de esos santos (54) pertenece a la prehistoria de esa confesión y murió durante alguna de las persecuciones que los cristianos sufrieron en los primeros siglos. Son, por tanto, papas mártires. Más tarde, la santidad oficial de Sus Santidades brilló por su ausencia durante siglos. Por volver al tiempo del famoso Formoso, en los dos siglos que van entre Nicolás I (papa en 858-867) y León IX (1049-1054) solo hay un papa santo, el ya citado, de armas tomar, Adriano III. El primer milenio acaba con otros 22 santos, entre los que destaca san Gregorio I Magno (590-604).
El segundo milenio ofrece resultados desastrosos para el buen nombre de Sus Santidades, sobre todo en el llamado siglo de la oscuridad. Hubo papas casados, papas con hijos de varias mujeres, papas que abusaban de las doncellas de palacio; papas criminales, pontífices de presidio… En medio de tantos escándalos, lo que se espera del papa de turno “es que al menos crea en Dios”, dijo el rey francés Luis XV tras uno de sus enfrentamientos con Roma. Un ejemplo es Juan XII. Papa en el siglo X a los 18 años, de civil Octaviano, era un muchacho con pasiones ardientes y brutales. Había sido educado para mandar civilmente. Desviado hacia lo espiritual, cambió de nombre, pero no de conducta. No fue el primer papa que introdujo la costumbre de cambiar de nombre, pero el escándalo que su paso por la silla de Pedro había causado convirtió en norma esa originalidad, hasta nuestros días.
Ha habido también papas de enorme talla, como León I el Magno, que libró a Roma del asalto final de Atila, al que convenció para que se retirase por donde había llegado. O Gregorio Magno, el que más hizo por consolidar el poder temporal del pontificado, al que accedió después de haber sido gobernador civil de Roma. Entre los más cercanos sobresalen en extravagancia Gregorio XVI y Pío IX, que gestionaron de mala manera la pérdida de los Estados Pontificios arremetiendo contra la modernidad y contra todo lo que se moviera hacia delante. Gregorio condenó, por ejemplo, el ferrocarril. Pío IX es el papa del dogma de la infalibilidad.
Causó Pío IX estupor en media Europa cuando en 1858 mandó secuestrar a un niño judío de tres años porque había sido bautizado por una criada católica con la disculpa de que estaba en peligro de muerte. El niño se llamaba Edgardo Mortara y vivía en Bolonia con sus padres. El rapto lo maquinó el Santo Oficio vaticano, que lo llevó a Roma, donde fue educado en la religión católica y ordenado sacerdote más tarde por Pío IX. Pese a la escandalera y las presiones de varios mandatarios, el papa no lo soltó nunca. Acabó de fraile en el monasterio de Oñati (Gipuzkoa). Unamuno lo conoció una tarde que pedía dinero para su convento en el balneario de Zestoa. “El padre Mortara era un verdadero políglota y en llegando a mi país se propuso hablar vascuence, y llegó a conseguirlo. Yo le oí un sermón predicado en vascuence, en Gernika, y os digo que se sufría oyendo a aquel hombre intrépido”, escribió el autor de La agonía del cristianismo.
El rapto del niño Mortara fue solo un episodio de la ferocidad antiliberal de Pío IX, que contó con el respaldo casi exclusivo de la infantería francesa aportada por Napoleón III a cambio de grandes favores papales. “Un prostíbulo bendecido por obispos; una coalición entre la sala de guardia y la sacristía”, diría más tarde Charles Forbes, conde de Montalembert. No ha habido gobernante reaccionario en Europa que no haya contado con el apoyo del pontificado romano, siempre en combate contra el liberalismo, el modernismo o, más genéricamente, en contra de la imparable, en media Europa, separación Iglesia-Estado.
elevados a los altares cinco papas, con Celestino V a la cabeza. Se trata del papa que, antes que Benedicto XVI, renunció al pontificado cinco meses después de ser elegido, en 1294. Era monje y vivía solo en una cueva del monte Morrone (Italia), con fama de santo y sanador. Fue aclamado papa después de un cónclave que se prolongaba ya dos años. Llegó a lomos de un burro al templo en el que iba a ser coronado. Cuando abdicó, escandalizado, quiso volver a su vieja ermita, pero el sucesor, Bonifacio VIII, mandó matarlo. Así lo creyó Felipe IV el Hermoso, rey de Francia, que ordenó capturar en Roma al papa reinante para procesarlo. Bonifacio VIII murió poco después, probablemente asesinado. De él se ha dicho que “entró [en el pontificado] como un lobo, gobernó como un león y acabó como un perro”.
El último papa santo es Pío X (1903-1914), único hasta la fecha del siglo XX. Antes que él hay que remontarse a san Pío V (1566-1572). Ahora avanzan los trámites para elevar a lo más alto de los altares al antijudío Pío IX (1846-1878); a Juan XXIII (1958-1963), el papa que convocó el Concilio Vaticano II –a los dos hizo beatos Juan Pablo II–, y a este mismo, a quien beatificó su íntimo amigo y sucesor Benedicto XVI.

martes, 12 de marzo de 2013

El caso Ponferrada tiene toda la pinta de acabar como la farsa de mamá Pajín




Que el nuevo alcalde de Ponferrada prefiriese conservar a la poltrona antes que acatar la disciplina de militancia no aporta nada nuevo en cuanto a lo que supone para los políticos la ideología que con tanto ardor defienden de boquilla. Llegado el momento es relegada al plano que haga falta con tal de aferrarse al poder. Pero peor que la inmoralidad de Samuel Folgueral es el confuso comportamiento del aparato del PSOE en el embrollo, festejando primero y reculando después de que Chacón forzase a Rubalcaba (al tanto) a desautorizar al secretario de Organización, muñidor de la maniobra y no único responsable. Las excusas de Óscar López ayer en el comité federal parecen insuficientes, y aunque la Ejecutiva no aceptase su dimisión queda tan chamuscado que su continuidad es insostenible. A todo ello no faltan quienes piensan que lo de los ponferradinos es una escenificación al estilo de mamá Pajín en Benidorm, yéndose para volver bajo las siglas sociatas cuando escampe, si escampa. Se verá, pero el propio Folgueral ni tan siquiera lo ha descartado horas después de su huida hacia delante.

domingo, 10 de marzo de 2013

Cónclave: de las intrigas del presente a las truculencias del pasado pontificio


Recuerdo con agrado el agobio que supuso mi visita a la capilla Sixtina. Tampoco lo olvido, por su belleza incomparable

Las intrigas de los cónclaves de ahora nada tienen que ver con las papales truculencias del pasado. Muchos sucesores de Pedro estuvieron marcados por escándalos, envenenamientos y depravadas actitudes, en el acceso o en el ejercicio del pontificado. En cualquier caso la historia de los papas es apasionante, sugestiva y muy curiosa. Por ejemplo, ahora es impensable un pontífice de 14 años, el más joven de la historia, como lo fue Benedicto IX, cuyo padre, el conde Alberic, compró el trono sobornando a la curia, del que disfrutó en dos períodos, entre 1032 y 1045. O que fuese elegido tres veces, caso de Juan XIX, entre 1024 y 1032, tras abdicar dos veces, una para casarse y otra para vender el sitial a su padrino. Acabaron echándolo. Sergio III fue el padre de Juan XI, y San Anastasio I (399-401), el de San Inocente I (401-417). San Marcelino subió a los altares, sin importar su expulsión por apóstata. Nuestro Alejandro VI, el papa Borgia, también tiene su historia siniestra. Y así unos cuantos.

viernes, 8 de marzo de 2013

Fraude alimentario: además de carne de caballo, también la dan con queso



Como el rascar, todo es empezar. Es el efecto dominó, preocupante pero necesario para desenmascarar fraudes alimentarios o aspectos higiénicos y sanitarios anómalos, relativos a nuestro sustento. Tras denunciarse la utilización engañosa de la carne de caballo en productos comercializados con etiqueta de ternera, ahora nos la dan con queso. El fraude lo descubre un laboratorio vigués, que por encargo de la USC y el CSIC analizó cien quesos (españoles) de diferente procedencia, que se venden como puros de oveja y cabra, y que en un quince por ciento se detectaron cantidades importantes de leche de vaca, mucho más barata (casi un euro de diferencia), incluidos algunos de los analizados con denominación de origen, nada menos que el 25 por ciento del muestreo. En el informe que veo publicado en un periódico no se dan (debiera) nombres de marcas donde abundan, dicen, los más conocidos, manchegos y zamoranos. ¿Qué controles de seguimiento se hacen? ¿O tampoco?

miércoles, 6 de marzo de 2013

La propia ley propicia denuncias falsas en muchos casos de violencia de género


Toni Cantó, diputado de UPyD

Ojalá que la pelotera desatada por las afirmaciones de Toni Canto sirviese para reducir los casos de malos tratos, pero como en otras muchas cosas nos gastamos la pólvora en salvas y no en resolver los males. Aunque lo afirmado (luego rectificado) por el actor y miembro de UPyD pecase de exceso, las denuncias falsas por violencia de género existen, y en mayor medida se debe a la ley de desigualdad que blinda en casi todos los casos la credibilidad de la mujer, al gozar de una presunción de veracidad que no necesita más pruebas que el propio alegato acusatorio para culpar al supuesto agresor, que deberá probar su inocencia, y no al revés. Disparar primero y preguntar después no parece lo razonable. No es una monserga machista; si todos, constitucionalmente, somos iguales ante la ley, es absurdo que prevalezca la diferencia. Se trata de castigar con el mismo rigor a criminales y maltratadores, del sexo que sea. ¿No estamos reclamando igualdad? Oiga, pues que sea para todo.

domingo, 3 de marzo de 2013

Gato por liebre en la carne de caballo


Quienes saben de eso coinciden en que las propiedades nutrientes de la carne de caballo no son inferiores a las que ofrece la de ternera o cerdo, pero en general siempre tuvo mala prensa, desde Moisés, que no la recomendaba, hasta el papa Gregorio III que la prohibió. Así y todo, desde la prehistoria, se consumió, unas veces a escondidas y otras no.
Ahora vuelve a ser actualidad, con tintes dolosos más que de riesgo para la salud, sin que falte quien opine que también puede existir por la falta de controles sanitarios que se le supone a un producto que se cuela en las cadenas de alimentación como componente clandestino.
En cualquier caso se trata de un fraude con fines lucrativos, y aunque se ha descubierto, los controles sanitarios tardaron demasiado en detectarlo, lo cual indica que las inspecciones fueron deficientes; y puede que lo sean también otros registros que simulan hacerse y no se hacen con rigor. Lo que no mata engorda, pero lo menos que se puede exigir es que no se nos engañe.

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