Si nunca amanece sin un nuevo escándalo, sea político, económico o
institucional, lo natural es que el de ayer envejezca, sin ser viejo, para
dejar sitio al de hoy, como a codazos para hacerse sitio en el albañar. Si la
impudicia circula a velocidad de crucero, los actores tienen razones para
frotarse las manos de satisfacción, al revés de quienes sufren las
consecuencias de tal sucesión, que somos los demás; eso quiere decir que los
casos de corrupción, de nepotismo, de espionaje…acaban eclipsándose en falso,
sumiéndose en el olvido, perdiendo incluso el interés de los artilleros
mediáticos, que sintiéndose incapaces de dar abasto se limitan a cañonear sobre
el cisco emergente, dejando que los demás se pudran en la indiferencia de una
columna de página par. Estamos lo que se dice rodeados y con pocas opciones de
poder salir del atolladero en que nos han metido los protagonistas de todas las
desdichas que nos mortifican, menos hoy que mañana, que será otro mal día, con
nuevo alboroto.